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"[América] fue cayendo bajo la influencia de los ideales que habían (sic) inspirado la pobreza, distintos de los principios que habían (sic) inspirado la fundación de la libertad. En efecto, la abundancia y el consumo ilimitado son los ideales de los pobres; son el espejismo en el desierto de la miseria. En este sentido, la abundancia y la miseria son sólo dos caras de la misma moneda; los lazos de la necesidad no necesitan ser de hierro, pueden ser de seda. En efecto, la ‘pasión fatal por las riquezas llovidas del cielo' nunca fue el vicio de hombres sensibles, sino el sueño de los pobres... Aunque es cierto que la libertad sólo puede llegar a quienes tienen cubiertas sus necesidades, también es cierto que nunca la lograrán aquellos que están resueltos a vivir de acuerdo con sus deseos" [Sobre la revolución, p.185]
"Estos ‘hombres pobres' de los que escribió Hannah Arendt no son necesariamente personas que viven ‘objetivamente' en la pobreza... Algunos de ellos sin duda son pobres en este mismo sentido. Pero hay muchos otros que son ‘pobres' y que tienden a permanecer así, porque lo que poseen es lastimoso en comparación con lo que existe en oferta y porque todos los límites han sido eliminados de sus deseos. Son ‘pobres' porque la felicidad que persiguen se expresa en una cantidad creciente de posesiones y por tanto se les escapa constantemente y nunca será alcanzada... Los consumidores libres son ‘pobres' y por tanto no tienen interés en la ‘libertad pública'" [p. 154] (Yo subrayo)
"Lo que Arendt no tuvo tiempo de observar fue que la sociedad de consumo, que nació de la ‘fragmentación' del bienestar público en una multitud de actos de consumo, desarrolló las condiciones para su propia perpetuación" [p. 154,5]
Para que la imagen del bienestar pueda ejercer un efecto (y un afecto) sobre los futuros inmigrantes ha debido de producirse previamente un cambio cultural; mejor dicho, una auténtica catástrofe cultural.
El proceso que condujo a Occidente a su modernidad supuso una gran transformación cultural, similar a la que se produjo posteriormente en los territorios no metropolitanos. Como señala Karl Polanyi (La gran transformación) , refiriéndose a la Europa de la Revolución Industrial:
"Separar el trabajo de las demás actividades de la vida y someterlas a las leyes del mercado, era aniquilar todas las formas orgánicas de la existencia y remplazarlas por un tipo de organización diferente, atomizado e individual" (p. 220, de la edición francesa; yo traduzco).
Y añadía, en referencia explícita a los países (por entonces, 1944) colonizados:
"Hay que forzar a los indígenas a ganar su vida vendiendo su trabajo. Para ello, hay que destruir sus instituciones tradicionales e impedir reformarlas, puesto que en una sociedad primitiva, el individuo no está en general amenazado de morir de hambre a menos que la sociedad en su conjunto no se encuentre en este triste caso" (p. 220)
Había señalado unas páginas antes:
"No es la explotación económica, como se supone con frecuencia, sino la desintegración del entorno cultural de la víctima que es entonces la causa de la degradación. El proceso económico puede naturalmente proporcionar el vehículo de destrucción y, casi invariablemente, la inferioridad económica hará ceder al más débil, pero la causa inmediata de su pérdida no es sin embargo económica; reside en la herida mortal inflingida a las instituciones en las que se encarna su existencia social. El resultado es que no se respeta más a sí mismo, y que pierde sus criterios morales, se trate de un pueblo o de una clase, que el proceso surja de lo que se denomina un ‘conflicto de cultura' o de un cambio de posición de una clase en el interior de una sociedad. Para aquel que estudia los inicios del capitalismo, el paralelismo está lleno de sentido. Las condiciones en las viven hoy día algunas tribus indígenas de África se parecen indudablemente a las de las clases trabajadoras inglesas durante los primeros años del siglo XIX" (p. 212)
De esta forma, perdidos los referentes culturales, desposeídos de sus medios de vida habituales, al substituirse la agricultura llamada de subsistencia por los cultivos comerciales especializados, el africano se ve expulsado no sólo físicamente sino también culturalmente de su entorno social.
Que este proceso, como ya observara Polanyi, se dio obviamente en las colonias, que unían a la explotación económica la "civilización" de los pueblos primitivos, se ha acentuado mucho más desde las independencias formales y la expansión occidental (ahora llamada globalización).
Como indica Dominique Temple (Estructura comunitaria y reciprocidad. Del quid-pro-quo histórico al economicidio. La Paz (Bolivia) Ed. Hisbol- Chitaolla, 1989) , "el sistema capitalista, en efecto, pretende sustituir los valores indígenas de prestigio por las mercancías que éste produce" (p. 48) para lo cual habrá de imponer al sistema productivo indígena la necesidad de dotarse de los medios para adquirir "las mercancías de prestigio que propone en lugar de sus propios valores: lo cual significa, por un lado, destruir los sistemas de reciprocidad y, por otro, fomentar la producción para la exportación" (p. 49) En esta tarea, las ONG tienen un papel importante:
"consiste en sustituir la infraestructura de reciprocidad por una infraestructura de intercambio. Esto es lo que proponemos llamar ‘economicidio'. Es la función esencial y sistemática de la ONG occidentales. El economicidio no es exclusivo de las ONG. Es también característico de la cooperación técnica y de la ayuda internacional. Pero las ONG son prácticamente las únicas fuerzas occidentales que pueden intervenir en las comunidades indígenas" (p. 54)
En efecto, la ayuda al desarrollo, contemplada desde la perspectiva de las culturas vernáculas, es un importante vehículo de aculturación, de depreciación de las culturas no occidentales y, particularmente, de individualización. El habitante de las chabolas de las macro aglomeraciones urbanas (no podemos llamarlas ciudades) del África, Asia o América, ha perdido los vínculos con sus comunidades de origen, en las cuales todos comparten las penalidades y las alegrías, pero donde nadie es más pobre que los demás, puesto que todos son, antes que nada, miembros de la familia, el clan o la tribu.
Así, los pueblos de cultura no occidental, sometidos desde diferentes frentes a la pérdida de sus referentes culturales, están capacitados para ser seducidos por las imágenes del bienestar individual con que les bombardea Occidente. Abrumados por la tecnología y la riqueza que se les promete desde todos los medios de comunicación, únicamente se les ofrece un camino: alcanzar, con el riesgo de sus vidas, las orillas del paraíso del bienestar.
No sólo estos inmigrantes vienen a hacer los peores trabajos, con sueldos miserables y muchas veces en la ilegalidad y bajo explotación más abyecta; no únicamente contribuyen al crecimiento de nuestra economía y a la prosperidad de nuestras empresas sino que, además, nos permiten sentirnos ricos, civilizados y generosos; nos permiten pensar que, en efecto, vivimos en el mejor de los mundos posibles.
Voldria ressenyar del article de Robert Tomàs “Catastrofe cultural y economicidio” la frase extreta del text de Karl Polany; “separar el treball de les altres activitats de la vida i sotmetre-les a les lleis del mercat”. Aquesta substitució té com efecte immediat la destrucció de les formes orgàniques d’existència que són a l’hora substituïdes per formes atomitzades i individuals. Seria interessant insistir en la importància que per a la subjectivitat tenen aquestes transformacions fins el punt en que se’ns fa difícil de diferenciar entre un individu i una col·lectivitat.
Les formes orgàniques d’existència en les que la relació entre la necessitat el desig i la satisfacció estan articulades en formes precises generen també un tipus de subjecte.
En aquesta perspectiva és cert que no hi ha diferència des de el punt de vista subjectiu entre l’immigrant i el natiu, no hi ha diferència en el moment que ambdós estan sotmesos a la mateixa lògica; la satisfacció és individual una vegada es sotmet el desig a les lleis del mercat, es a dir, el treball queda atomitzat, fora d’una metabolització col·lectiva, com podria ser una festa o un ritual. La desintegració de la cultura en la que els subjectes es sostenen i la seva substitució per la cultura del treball governada per les lleis de mercat ens iguala en la aculturalitat.
Malgrat ens pesi, solament tenim les referències a les cultures agrícoles i pre-industrials en la nostra societat i les referències que els immigrants porten més recents encara de les formes de vida regides per altres tipus de mecanismes.
Plantejo llavors la idea que tots som immigrants, tots estem expulsats del nostre país i tots estem navegant a la deriva en “pateres” més o menys luxoses. Hi podríem incloure els mateixos alts executius i grans capitalistes de la nova economia, esclaus de la atenció contínua al estat del mercat i a les seves vacil·lacions.
Podem extreure una segona idea a allò que suposa la immigració generalitzada, és l’efecte que té en la subjectivitat aquest estat de migració contínua. Ens trobem amb subjectes desarrelats que floten fins que una feina els fixi en la identitat de treballadors. És a partir d’aquí que el neguit del parat és substitueix pel neguit del treballador ocupat; pagar la hipoteca o el cotxe o qualsevol dels objectes que ens permeten satisfer-nos en aquest mon opulent i meravellós.
Es tracta de subjectes sempre atents a no perdre el treball que és allò que permet sostenir el “benestar”. Un subjecte que no pot gaudir dels beneficis dels objectes de consum per que la dedicació al treball li resta temps per a gaudir-ne. Un subjecte que ha sacrificat estar amb els fills per treballar més hores per a pagar-los hi unes bones botes o un bon mòbil.
El tornar al país d’origen és també el tornar a casa a viure amb els altres. Tornar a casa és també per tots nosaltres deixar de perseguir aquest impossible que alimenta la insaciable societat del benestar.
Podríem apuntar com a tercera i darrera idea que tots plegats, els immigrants i sobretot els natius, ens hem de curar d’aquest miratge que és la imatge de la nostra societat del benestar.
Cara a nuestros próximas encuentros IRL, creo que es importante introducir algunos elementos de discusión más.
Ciertos aspectos de lo que ha escrito Robert en sus varias intervenciones me provocan algunas dudas.
Para empezar la rígida división entre “nosotros” –que seríamos ricos, opulentos, satisfechos- y “ellos” -que serían, además de inmigrantes, víctimas y explotados- me parece excesiva y conceptualmente peligrosa. Creo que ver a los inmigrantes actuales sólo como víctimas les despoja de la posibilidad de ser sujetos de sus decisiones. Por lo que se sabe a través de estudios recientes, los que deciden emigrar son a menudo los mejores de sus respectivos contextos; suelen estar relativamente preparados y son portadores de ambiciones personales. Si tuviéramos que pensar que son víctimas -¿de qué? ¿de un espejismo? ¿de un error?- tendríamos que pensar que nostros también lo somos.
En la rígida separación a la que aludía más arriba, el “nosotros” también es un problema. Yo no soy ni rico, ni opulento, ni satisfecho. Por lo que sé tampoco Robert. Entonces ¿somos inmigrantes? Aunque Francesc propone poéticamente considerarnos todos inmigrantes, creo que para poder razonar hay que definir algunas categorías, y nosotros no somos inmigrantes ni consumistas. Si personalizo el discurso es sólo para mostrar, con una ironía que espero se me perdonará, los límites del planteamiento de Robert, en el que desaparece la propia posición del crítico.
Tengo la impresión que el núcleo del análisis de Robert es más adecuado para describir la historia de la imposición del modelo industrial primero y consumista después, que para analizar la situación actual, al menos en sus tendencias de fondo.
Quiero recordar aquí los estudios de Néstor García Canclini y de Martín Barbero, que analizaban –siguiendo la pista que en su día abrió Michel de Certeau- cómo los “oprimidos” lejos de ser solamente empujados a comportarse de una cierta manera por el poder, son capaces de descifrar el contexto y volver a su favor algunos de los elementos de la opresión. Canclini, en concreto, muestra cómo algunas comunidades indígenas latinoamericanas se adaptan al contexto de las ciudades de centroamérica y consiguen, a la vez, sobrevivir y no perder el alma. Son sujetos –en lucha, pero sujetos- de sus decisiones.
Por otra parte, la condena sin paliativos del consumismo también me parece que dificulta el análisis del mismo. Después de Marx y Nietzche, para citar sólo los clásicos, deberíamos saber que si una cierta manera de organizar la sociedad funciona es porque es “humana, demasiado humana” o porque es una “necesidad histórica”. La pregunta que nos deberíamos poner es ¿a qué responde de íntimamente humano y necesario el consumismo? Creo que sólo así lo podremos criticar. Y la crítica nos pondrá la tarea más difícil, porque la pregunta siguiente será ¿Qué se puede proponer de más humano y necesario? Los estudios psicoanalíticos tienen mucho que enseñarnos en este punto.
Estos días he releído los capítulos finales de los tres libros donde Bataille afronta la cuestión económica: La Part Maudite, La Limite de l’Utile y La Théorie de la Religion. En general su análisis está ligado todavía a un contexto de producción industrial más que de consumismo postindustrial, y considera la guerra como el único medio –y por lo tanto como el peligro supremo- de destrucción de los excedentes. En La limite de l’Utile, sin embargo, apunta a una reflexión sobre el consumo –consumer- y viene a decir, muy hegelianamente, que la instauración del mundo de las cosas y el advenimiento de la ciencia es el paso necesario para deshacerse de las ambigüedades de los contextos míticos y religiosos anteriores. Sin embargo, la plena realización de un mundo donde el consumo de lo producido está desprovisto de toda sacralidad –no es de ninguna manera un sacrificio- coincide también con la máxima alienación. La salida que Bataille propone a esta situación es una salida mística en la que coinciden “la intimidad y la lucidez”. De ese modo nos indica la dificultad del problema.
Claudio Zulian
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